Carta IV
Ya me he instalado en
el hotel, acabo de llegar a Estambul, cansada por el viaje y todos los asuntos
que dejé a medio hacer, nada más para que pudiéramos pasar algunos días
juntos.
No tengo idea
de donde me encuentro, seguí tus instrucciones y llegué a este hotel que da al
Mar de Mármara.... Tengo la sensación de que conocía este sitio, aunque es la
primera vez que vengo a este lugar.
Me angustia un
poco ver a tanta gente y no encontrarte aquí como esperaba, en fin, sé lo ocupado que estás,
entiendo...o no. Eso no me incumbe y sé que es mucho mejor que nos reservemos
para estos encuentros y nada más.
Desde la
terraza siento el olor a sal y con él, el gusto a ti. Por tantas partes andas,
pero el gusto a mar no se me quita.
¿Paula? Sí, me
acuerdo, pero no sabía que era ese su nombre.... No puedo negar que llamaba
mucho la atención, más que nada su manera de caminar y el modo como bajaba la
cabeza cuando nos cruzábamos.... Es bella, puedo entender que hayas hurgado su
nombre.
¿Si me
humedezco mientras te escribo? Es tan sencillo como ponerme a pensar en cómo me
tocas. Sí, me humedezco. Siento como se endurecen mis pezones, como se pone más
rígido mi cuerpo, y la marea de sensaciones que me produce tu deseo.
Me humedezco y
necesito tocarme. Me quito el sujetador y sin darme cuenta, acaricio mis senos
en pequeñas circunferencias. Luego pruebo una vez más la sensación de rozar la
mama con la punta de mi lengua. Me gusta sentirlas tan hinchadas sobre mis
manos mientras las sostengo y que... ¡¡¡¡si fueran tuyas esas
manos!!!!....
Baja mi tacto
sobre mi cintura, ya me encuentro acostada y sin ropa sobre la cama recién
hecha, entre almohadas y almohadones y los sentidos que producen en mí las
diferentes texturas de los tejidos que envuelven el lecho.
Con la yema de
los dedos exploro con prudencia mi misma superficie, hasta que ya no puedo y me
veo concentrada en la parte mojada y entreabierta de mi ser. Me duele el
clítoris, a lo mejor, por lo inalcanzable que en ese momento se encuentra su
satisfacción. Trato de calmarlo, calmarme por medio del instinto. Acaricio la
entrepierna, me pellizco los muslos que anteceden mi hueco, a ver si mitigo el
placer, pero ya es tarde.
Todo mi cuerpo
se estira, vuelco el cuello hacía atrás y siento como se mojan mis labios al no
recibir los mordiscos acostumbrados que lanzas sobre mi boca.
Toco mi cavidad
cada vez con más fuerza, ya no percibo las sensaciones que recorren la densidad
de mi figura. Nada más quisiera que me cogieras, me doy la vuelta, apoyo la
mejilla sobre la almohada, las rodillas apoyadas en el colchón, siento como que
me penetraras el ano, mientras tus dedos se apoyan en mis nalgas.
Me sigo
tocando, cada vez más fuerte, la mano ya duele también, pero insisto en no
perderme nada de la impresión que causa el disfrute sobre mi cuerpo. Evito
gozar, esa posición me permite sentir mejor mi carne, vuelvo a la mano derecha
y me derramo sobre ella, me doy cuenta que emito algunos maullidos, regreso de
la terraza a mi habitación, me percato de que nadie pudiera oírme, de que estoy
sola, de que no estás, y de que en pocos minutos tengo que vestirme para
encontrar a un cliente.... De esos, que no dan ningún placer, aunque muchas
veces lo busque, para ahuyentar tu ausencia.
¿Alguna vez nos
ha tocado estar juntos de verdad? Las letras estaban borradas porque me
encontraba en alta mar, miraba hacía el horizonte a la espera de que la tal
tierra prometida quitara de mí la figura de ese hombre que no se animó a
dejarlo todo por una "ilusión", así lo dijiste. Me consolaba
escribirte cuando encontraba papel, tinta, condiciones para hacerlo, luego
estuvieron esas cartas mucho tiempo conmigo, hasta que quise que llegaran, con
el viento, como fuera, pero que te llegaran mis palabras..... Las últimas que
te di, nunca más volvimos a vernos.
Eva



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