Carta IV




23 de febrero de 2016

Ya me he instalado en el hotel, acabo de llegar a Estambul, cansada por el viaje y todos los asuntos que dejé a medio hacer, nada más para que pudiéramos pasar algunos días juntos. 

No tengo idea de donde me encuentro, seguí tus instrucciones y llegué a este hotel que da al Mar de Mármara.... Tengo la sensación de que conocía este sitio, aunque es la primera vez que vengo a este lugar. 

Me angustia un poco ver a tanta gente y no encontrarte aquí como  esperaba, en fin, sé lo ocupado que estás, entiendo...o no. Eso no me incumbe y sé que es mucho mejor que nos reservemos para estos encuentros y nada más.

Desde la terraza siento el olor a sal y con él, el gusto a ti. Por tantas partes andas, pero el gusto a mar no se me quita.

¿Paula? Sí, me acuerdo, pero no sabía que era ese su nombre.... No puedo negar que llamaba mucho la atención, más que nada su manera de caminar y el modo como bajaba la cabeza cuando nos cruzábamos.... Es bella, puedo entender que hayas hurgado su nombre.

¿Si me humedezco mientras te escribo? Es tan sencillo como ponerme a pensar en cómo me tocas. Sí, me humedezco. Siento como se endurecen mis pezones, como se pone más rígido mi cuerpo, y la marea de sensaciones que me produce tu deseo.

Me humedezco y necesito tocarme. Me quito el sujetador y sin darme cuenta, acaricio mis senos en pequeñas circunferencias. Luego pruebo una vez más la sensación de rozar la mama con la punta de mi lengua. Me gusta sentirlas tan hinchadas sobre mis manos mientras las sostengo y que... ¡¡¡¡si fueran tuyas esas manos!!!!.... 

Baja mi tacto sobre mi cintura, ya me encuentro acostada y sin ropa sobre la cama recién hecha, entre almohadas y almohadones y los sentidos que producen en mí las diferentes texturas de los tejidos que envuelven el lecho.

Con la yema de los dedos exploro con prudencia mi misma superficie, hasta que ya no puedo y me veo concentrada en la parte mojada y entreabierta de mi ser. Me duele el clítoris, a lo mejor, por lo inalcanzable que en ese momento se encuentra su satisfacción. Trato de calmarlo, calmarme por medio del instinto. Acaricio la entrepierna, me pellizco los muslos que anteceden mi hueco, a ver si mitigo el placer, pero ya es tarde.

Todo mi cuerpo se estira, vuelco el cuello hacía atrás y siento como se mojan mis labios al no recibir los mordiscos acostumbrados que lanzas sobre mi boca. 

Toco mi cavidad cada vez con más fuerza, ya no percibo las sensaciones que recorren la densidad de mi figura. Nada más quisiera que me cogieras, me doy la vuelta, apoyo la mejilla sobre la almohada, las rodillas apoyadas en el colchón, siento como que me penetraras el ano, mientras tus dedos se apoyan en mis nalgas. 

Me sigo tocando, cada vez más fuerte, la mano ya duele también, pero insisto en no perderme nada de la impresión que causa el disfrute sobre mi cuerpo. Evito gozar, esa posición me permite sentir mejor mi carne, vuelvo a la mano derecha y me derramo sobre ella, me doy cuenta que emito algunos maullidos, regreso de la terraza a mi habitación, me percato de que nadie pudiera oírme, de que estoy sola, de que no estás, y de que en pocos minutos tengo que vestirme para encontrar a un cliente.... De esos, que no dan ningún placer, aunque muchas veces lo busque, para ahuyentar tu ausencia.

¿Alguna vez nos ha tocado estar juntos de verdad? Las letras estaban borradas porque me encontraba en alta mar, miraba hacía el horizonte a la espera de que la tal tierra prometida quitara de mí la figura de ese hombre que no se animó a dejarlo todo por una "ilusión", así lo dijiste. Me consolaba escribirte cuando encontraba papel, tinta, condiciones para hacerlo, luego estuvieron esas cartas mucho tiempo conmigo, hasta que quise que llegaran, con el viento, como fuera, pero que te llegaran mis palabras..... Las últimas que te di, nunca más volvimos a vernos.


Eva

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