Una carta sin sello ... sin remitente.
…Cuando te leo mi estómago se encoge y me muero por
saber si te humedecías por dentro cuando escribías esta última carta como lo
hacen mis ojos ahora al leerla.
¿Cuándo y dónde estás? No hay sello en tu carta…no
hay remitente y tu papel huele a armario cerrado. El papel está amarilleado y
en el matasellos leo algo en inglés pero está medio borrado.
La carta huele a madera ¿y sabes?... yo, a sal…como
mi cuello. Vengo de la playa. Me he vestido de Mediterráneo y no he querido quitar el salitre de mi cuerpo,
quizás para que me haga recordar tu lengua gentil y afilada subiendo por toda
mi nuca y sintiendo la saladura de mi piel hasta quemarse. Me regocijo de
recordar cómo me hacías sufrir cuando solamente con tu espada viscosa roja me
acariciabas y yo, muriéndome por dentro por poder sentirte en mi espalda… pero
no, tú no te movías de mi nuca. Se hacía eterno esperando notarte en mi espalda
y tú, sabiéndolo, no me apoyabas tus grandes senos en ella... ni siquiera el caritativo roce de un
dedo ni una caricia en mi pelo…cuanto menos soñar con el tacto de tu pezón.
Solamente la lengua, un cuchillo húmedo que me retenía de darme la vuelta y
morderte como un perro… al cuello. Aún hoy, mirando desde la terraza la sierra
me estremece el recordarlo.
¿Sabes? Hoy, he vuelto a la Ruta del azafrán y me he
cruzado con Paula, te acuerdas de ella? ¿Aquella madrileña apática, la que
nunca nos saludaba? Sigue igual de esquiva, solo que ahora, por lo menos, no
evita la mirada ni hace como que tiene algún asunto en el teléfono, para
escaparse de saludar. Tiene un lindo perfil y se ha comprado unas sandalias
como las tuyas de Ibiza. Me fijé. Me recuerda a ti ¡Qué coño! ¡Todo me recuerda a ti! ¿Qué hago?...
Estoy pensando en volver. Me vuelven los mareos. Ahora es con el café.
¿Nos vemos en Estambul? Escríbeme allí.
Dante, tu Dante…


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